Alcaraván

Licenciado en Filología Hispánica, las historias son mi gran pasión: en una novela, contadas por una abuelita, en una partida de rol, o en los mismos libros de historia.

Pues ya tenemos de nuevo encima otro fin de semana de las brujas daimieleñas. Del 17 al 19 de noviembre se celebrará la que ya es la 6ª edición de “Daimiel, pueblo de brujas”, un evento que sigue con su amplia oferta de actividades: visitas nocturnas teatralizadas a las Tablas, visitas guiadas a la motilla del Azuer y a la laguna de Navaseca, talleres, conferencias, teatro callejero, buenas tapas… Y, por supuesto, la cena tematizada, amenizada esta vez con un rol en vivo por parte de la Asociación Puerta de Hades. Y la gran queimada como colofón. Aquí abajo dejo el programa.

Vuelven las brujas daimieleñas

 

Ya hablamos con anterioridad de la fiesta de San Antón como una de las más destacadas del ciclo de fiestas invernales, muy celebrada en los pueblos manchegos y en España entera. Vaya, que “hasta san Antón, pascuas son”. Es la festividad que conmemora a san Antonio Abad, fundador del movimiento eremítico y reconocido desde muy antiguo como santo patrón de los animales domésticos; y que murió un 17 de enero.

Esta relación del santo con los animales es lo que ha propiciado la especial importancia que tiene su fiesta en pueblos de comarcas con fuerte impronta ganadera. Es lo que sucede con Gálvez, una localidad toledana en la que viven San Antón de una manera única. Sobre todo la víspera, que se festeja más o menos de la misma manera desde hace más de 200 años y que se ha convertido en una de las señas de identidad del pueblo.

En cuanto anochece el día 16, se empiezan a encender decenas de luminarias en honor al santo. Las calles se llenan de hogueras que buscan la purificación y protección de los animales. Pueden llegar a encenderse más de 150, que se alimentan con restos de la poda del olivo y trastos viejos. Los vecinos comienzan a sacar viandas y es entonces cuando salen a la calle los “sanantones”.

Correr el san Antón en Gálvez

Esta es una tradición totalmente autóctona: galveses y galvesas se disfrazan con ropas viejas, colchas, máscaras, harapos…, al estilo de las máscaras callejeras de los carnavales manchegos, y se cuelgan cencerros. De esta guisa “corren el san Antón”, que es visitar las hogueras haciendo sonar los cencerros y comer y beber sin que nadie les conozca. Parece que al principio consistía en disfrazar a los animales, pero luego se empezaron a disfrazar los dueños, que se tiznaban las caras con corchos quemados. En la actualidad, diversas charangas amenizan estos paseos por las calles.

Alrededor de las hogueras se asan productos típicos de la matanza, que hacen las delicias de vecinos y visitantes. También hay ocasión para degustar otros platos y dulces tradicionales como las migas, las puches, dulce elaborado con harina y anís que se cuece en la lumbre, y las típicas herraduras de san Antón, un dulce muy parecido al roscón de reyes.

San Antón en Gálvez

Sanantones frente a una hoguera (foto de la web del Ayto. de Gálvez)

El día 17, el de la fiesta propiamente dicha, se celebra una solemne misa, y a esta sigue la tradicional bendición de animales en la plaza de la iglesia y una procesión en la que desfila la caballería del pueblo y el resto de animales bendecidos. Antaño, caballos y mulas iban muy engalanados, con el pelaje recortado, mantones, campanillas y cascabeles.

Desde el siglo XVIII también se seguía la típica tradición del guarro de san Antón: en febrero o marzo del año anterior, algún vecino donaba un cochinillo, se le ponía una cinta y, a lo largo del año, era cuidado y alimentado por todos los vecinos. Cuando llegaba la fiesta, se daba como sustento a los más pobres. En la actualidad, queda como reminiscencia un sorteo que llevan a cabo los comercios de la localidad.

San Antonio Abad

Fue san Antonio un santo egipcio que vivió a caballo de los siglos III y IV. Provenía de una familia cristiana y rica, pero él decidió seguir el Evangelio, vendió todos sus bienes y se retiró como ermitaño a una cueva en el desierto del alto Nilo. Allí sufrió todo tipo de tentaciones que lo pusieron a prueba y que siempre superó gracias a su fe. También organizó a los demás anacoretas de esos desiertos, que lo tenían por un maestro. La Iglesia oriental le rindió culto desde su muerte, mientras que en Occidente se tardó todavía cinco siglos en empezar a hacerlo.

Como vivía en la soledad de la naturaleza, la tradición cuenta que tenía una relación muy especial con los animales, a los que bendecía como criaturas de la creación. Cuenta la leyenda que en cierta ocasión sanó milagrosamente la ceguera de las crías de una jabalina y que desde entonces lo acompañaron en sus soledades. De ahí vendría la estampa iconográfica del santo con el cerdito a sus pies. Quizá, simplemente, era el animal más representativo de su victoria contra las tentaciones, por tratarse de un animal que era conriderado impuro.

Otra de las múltiples facetas del santo lo relacionan con el fuego, uno de los elementos importantes de la celebración de su fiesta. Además de por algún pasaje legendario de su vida, se asocia con este elemento por el llamado “fuego de san Antonio”, o ergotismo, una enfermedad que seguramente se producía por la ingestión del cornezuelo del centeno, y que fue un verdadero azote a lo largo de la Edad Media. Se pensaba que el santo había sufrido ese tipo de suplicios cuando fue a orar al desierto y se extendió la creencia de que él era capaz de curar la enfermedad. De ahí que los propios frailes antonianos se dedicasen a su curación.

Fuentes:

 

Encuentros con Cervantes

Encuentros con Cervantes es una iniciativa de la Diputación Provincial de Ciudad Real que pretende conmemorar el 4º centenario de la muerte del autor del Quijote y, de paso, incentivar el turismo literario en la provincia. El turismo literario es una modalidad de turismo cultural en el que se relacionan los espacios de obras destacadas de la literatura con los lugares reales en los que se enmarca. Y Cervantes, a través de su ingenioso hidalgo, ha quedado vinculado de manera indisoluble con estas tierras manchegas.

Hasta ochenta personalidades de distintos ámbitos y reconocido prestigio nacional e internacional se pasean estas semanas por los once municipios en los que tienen lugar los distintos actos: escritores, académicos, actores, periodistas, directores de cine… Incluso humoristas o profesionales de la gastronomía. Con nombres tan conocidos como José Luis Garci, Concha Cuetos, Julio Llamazares, Francisco Rico, Ángel Gabilondo, Darío Villanueva, Antonio Lucas, o José Luis Cuerda. Hay conferencias, recitales, proyección de películas, teatralizaciones, coloquios o monólogos.

Encuentros con Cervantes lleva en marcha desde el 13 de septiembre, y durará hasta el 25 de noviembre. Las localidades agraciadas con este evento han sido Tomelloso, Ciudad Real, Campo de Criptana, Puertollano, Almagro, Valdepeñas, Argamasilla de Alba, Villanueva de los Infantes, Alcázar de San Juan, Daimiel y Manzanares.

Se puede encontrar mucha más información en la página web oficial: http://www.encuentrosconcervantes.com. La fotografía de esta entrada está tomada de ahí.

Fin de semana de brujas en Daimiel

El Fin de Semana Daimiel, Pueblo de Brujas, surgió con la intención de dinamizar el turismo local en unas fechas de baja afluencia. Este año tendrá lugar del 11 al 13 de noviembre y sus impulsores, la Asociación Tursítica Tablas de Daimiel, pueden sentirse satisfechos pues con esta alcanzan ya la quinta edición. Y llega con más actividades que nunca; parece que ha calado en la gente este tipo de turismo tematizado.

Para echar un vistazo al programa tan solo tenéis que clicar en el siguiente enlace.

¿Qué hacer estos tres días?

Visitas

  • Visitas teatralizadas en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel.
  • Visita guiada a la laguna de Navaseca enfocada especialmente al avistamiento de aves y la etnobotánica.
  • Visita guiada a las Tablas de Daimiel  para descubrir la vida y costumbres de los antiguos pescadores.
  • Visita guiada al yacimiento arqueológico de la Motilla del Azuer.

Gastronomía

  • Cena tematizada en el restaurante Las brujas, con una dinámica de juego de investigación y acertijos animada por la Asociación Puerta de Hades.
  • Tradicional gran queimada.
  • Degustación de las “tapas de las brujas” en diversos bares y locales.

Actividades callejeras

  • Representaciones teatrales.
  • Pasacalles ‘El tambor de los rotos’ por parte de la Asociación Folklorica Virgen de las Cruces.
  • Decoración temática de comercios.

Actividades infantiles

  • Fotocall, talleres y gymkhana.
  • Actuación de la brujilla Juana, una cuentacuentos muy particular.

Conferencias

  • Los encantadores de la Mancha. Brujas y duendes de la generación de Don Quijote. Impartida por María Lara.
  • Brujas y magas de ayer y hoy. Indudables poderes mágicos desde una óptica científica. Por parte de Ana María Vázquez.

Así que hay un montón de actividades entre las que escoger para pasar un entretenido fin de semana de brujas.

gancheros

Llega septiembre y, como cada año, el primer sábado del mes tiene lugar una singular festividad en las sierras de Guadalajara: la Fiesta Ganchera. Se trata de una fiesta que rinde homenaje a los hombres que, durante más de cinco siglos, ejercieron el peligroso y arriesgado oficio de ganchero.

Los gancheros eran los encargados de transportar por los ríos Tajo, Guadiela y Escabas, los troncos de madera talados en los bosques y pinares de las sierras del Alto Tajo, y conducirlos hasta las zonas manufactureras de Aranjuez, Toledo o Talavera de la Reina. La madera de estas sierras del Sistema Ibérico de Cuenca y Guadalajara fueron siempre muy apreciadas para la construcción, la industria ferroviaria y la naviera. Y en una época en la que los accesos hasta las zonas productoras eran casi intransitables, esta era casi la única manera de transportar los troncos.

De la industria maderera dependió, durante mucho tiempo, el sustento de numerosas familias de las comarcas del Alto Tajo. Había resineros, carboneros, leñadores y, por supuesto, gancheros. Este oficio surgió en la Edad Media como uno más de los trabajos forestales, temporal, penoso y mal pagado. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en un oficio especializado que exigía una gran destreza y unos conocimientos de domino del río que iban pasando de padres a hijos.

El nombre de “ganchero” provenía de la herramienta que utilizaban, el gancho o bichero, un palo de unos dos metros y medios que acababa en una pieza de metal con dos puntas, una recta y otra curva. Con ella dirigían los troncos empujando, o tirando según el caso. Los troncos iban sueltos, no se ataban formando balsas como en otras regiones peninsulares. Esto se debía a la peculiaridad de los ríos de esta zona, menos anchos y caudalosos que los de la cuenca del Ebro y los Pirineos, y con más obstáculos en su curso. Era más económico y sencillo, pero requería de más mano de obra.

Maderadas por el Tajo

“Maderada” era el nombre que se daba a cada uno de estos descensos de troncos por el Tajo y sus afluentes, desde las sierras hasta Aranjuez. Había otra vía, la de levante, por el Júcar y el Cabriel hasta Valencia. Los viajes comenzaban en febrero y marzo, cuando más agua llevaban los ríos, y podían durar hasta cinco o seis meses, dependiendo de los caudales de ese año. Hay que considerar que una maderada podía estar constituida por miles de troncos.

El trabajo comenzaba una vez que los leñadores o hacheros habían limpiado los troncos de ramas y corteza y los habían llevado hasta el río, generalmente arrastrados por bestias. Una vez allí, los dejaban “purgarse” durante un tiempo en la orilla. Debían ser troncos de haya o de pino; la encina y el roble no flotan bien.

Entonces se formaban las cuadrillas de gancheros, dirigidas por un maestro de ganchería, que iba al frente. Cada maderada requería de cien gancheros o más, dependiendo de su tamaño. La maderada se dividía en tres partes: delantera, central y zaga. Cada una de las secciones requería atender tareas distintas, y era gobernada por un mayoral con tres o cuatro cuadrillas de unos diez gancheros a su cargo. Sigue leyendo

Cuando hablamos de la cruz de Calatrava, lo primero que se nos viene a la cabeza, seguramente, es una cruz griega con brazos acabados en flor de lis que se alargan en curvas y volutas. Y de un intenso color rojo; «de gules», por utilizar terminología heráldica. Una forma que se ha convertido en uno de los símbolos más característicos de la Mancha, donde la Orden de Calatrava tenía la mayor parte de sus encomiendas (todas las villas del Campo de Calatrava la ostentan en su escudo). Pero esta forma a la que estamos tan acostumbrados, que se usa, incluso, como molde de las «flores» de Semana Santa, el famoso dulce de sartén, no es la original: procede de finales del siglo XV.

En efecto, la cruz no siempre fue así; ni la forma ni el color. En sus orígenes, los extremos de la cruz no estaban tan desarrollados. Las flores de lis eran sencillas, no se extendían, y eran más parecidas a las de la monarquía francesa. Y, sobre todo, la cruz era de color negro.

Diversos estudiosos presuponen, atendiendo a las reglas y bulas de confirmación que recibió la orden en el siglo XII, que los freires debían vestir hábito cisterciense consistente en túnica blanca, un escapulario con cruz en el pecho, capilleta con capucha, y manto sobre los hombros. Los colores y calidades de los vestidos debían atender al principio de austeridad. Como un par de siglos después, en tiempos del papa Benedicto XIII, se les concedió llevar cosido al hábito una cruz roja, queda claro que la cruz no era colorada en un principio.

De todos modos, como ya advertía Franciso de Rada y Andrade en su Crónica de las tres órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara (1572), no hay mención explícita ni en las reglas concedidas por el capítulo general de Cîteaux ni en las bulas de confirmación (Alejandro III en 1164 y Gregorio VIII en 1187) de que los caballeros llevasen cruz en el hábito, aunque «es cosa verosímil que los caballeros de esta orden a su principio tomasen por insignia en sus pechos alguna Cruz,como es cierto que la tomaron por armas, sello y estandarte de su Orden». En realidad, en bulas y reglas lo que se dice es Et Scapvlare pro habitu religionis. Es decir, que llevaban un escapulario por hábito de religión. Lo que sí afirma este autor es que, desde su creación, el escudo de armas de la orden de Calatrava, que aparecía en sellos y estandartes, era la cruz con unas trabas al pie. Y especifica que la cruz en un principio fue negra. Miguel Ramón Zapater también lo manifiesta poco después: «El estandarte, del que usaban en la campaña los maestres, tenía por armas trabas, y Cruz negra al principio, aunque colorada en breve».

Del siglo XIII sí que tenemos algunas fuentes iconográficas que confirman lo anterior. Por un lado, está el códice florentino de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el sabio. En la cantiga 205 encontramos el siguiente fragmento:

Na fronteira un castelo de mouros mui fort’ avia

que combateron crischaos, que sayan d’ acaria,

d’ Ucres e de Calatrava con muita cavalaria;

Y más adelante, se menciona a don Gonzalo Yáñez, maestre de Calatrava entre 1218 y 1238:

O maestre Don Gonçalvo/ Eanes de Calatrava

que en servir Deus en mouros guerrejar se traballava

Pues bien, dos cuadros de la miniatura que iluminan esta cantiga representa a los maestres de las Órdenes de Santiago (Uclés) y Calatrava, junto a otros caballeros y peones. Y todos llevan cruces representadas en los escudos, los estandartes o en los yelmos. Los pabellones del fondo también están decorados con cruces. Y las correspondientes a los caballeros calatravos son cruces negras trilabuladas. Sin embargo, ni se pinta la cruz en las túnicas ni estas son el hábito blanco cisterciense.

cantigas Santa Maríacruz de calatrava negra

Los expertos creen que esta copia fue realizada en el último cuarto del siglo XIII, seguramente al final del reinado del rey sabio, y la consideran un documento descriptivo de primer orden para estudiar la vida cotidiana de la época (forma de vestir, instrumentos musicales, armamento, utensilios…). Sigue leyendo

En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
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