El Vítor es la fiesta religiosa más importante de Horcajo de Santiago. Celebrado los días 7 y 8 de diciembre, el Vítor es la aclamación y homenaje a la Inmaculada Concepción, símbolo de la devoción de los horcajeños a su Virgen. Se trata de una fiesta catalogada de interés turístico regional y, según la tradición, hunde sus raíces en la Edad Media, cuando se estableció en el lugar la Orden de Santiago.

La tarde del 7 de diciembre, los devotos acuden a la iglesia y allí tiene lugar la popular Salve a la Inmaculada Concepción: miles de personas rezan al unísono y, con enorme solemnidad, entonan el cántico. Durante varias horas, vitorean sin cesar al estandarte de la Virgen, cada vez con más intensidad.

Tras esta aclamación, el estandarte se abre camino entre la gente, a duras penas, camino de la puerta principal de la iglesia. Allí esperan tres devotos a caballo que han ofrecido por promesa pasear el estandarte por todas las calles del pueblo. En ese momento se inicia una larga procesión que dura toda la noche del día 7 y gran parte del día 8. En las calles, miles de personas esperan a la “Virgen” para vitorearla.

Así transcurren las horas, con el estandarte visitando las distintas ermitas de la localidad. Guisos típicos como el pipirrana sirven para reponer fuerzas, y dulces como los rosquillos, magdalenas y mantecados, regados con anís y mistela, suavizan y endulzan el paladar y ayudan a soportar las bajas  temperaturas.

La noche del día 8 el estandarte regresa de nuevo a la iglesia. Se produce la entrega de este a los encargados de devolverlo a la sacristía. Pero el camino es complicado, ya que los horcajeños no quieren que se guarde y su sentimiento, desenfrenado, les empuja a vitorear con mucha más fuerza y devoción. Cuando, finalmente, el estandarte desaparece, la tensión de la espera se transforma en otra más ansiosa: el fin de la fiesta. Unos segundos de silencio que parecen horas se rompen con un enfervorizado vítor hacia la imagen de la Inmaculada, lo que deja paso a cientos de abrazos entre todos los presentes, con el fin de mantener durante todo el año esa sensación que les une en los momentos de la fiesta.

Más tarde, según la hora de la entrega, se realiza una procesión por las calles del pueblo donde ya no hay caballos ni caballeros, ni estandarte. Sale la imagen de la Inmaculada engalanada en carroza, y de nuevo es vitoreada con la misma devoción que al estandarte, pero esta vez, con un acompañamiento pacífico, ordenado, sin voces, expresión de una paz conseguida después de una larga espera.

Para saber más:

Página del Ayuntamiento de Horcajo de Santiago

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En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
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