gancheros

Llega septiembre y, como cada año, el primer sábado del mes tiene lugar una singular festividad en las sierras de Guadalajara: la Fiesta Ganchera. Se trata de una fiesta que rinde homenaje a los hombres que, durante más de cinco siglos, ejercieron el peligroso y arriesgado oficio de ganchero.

Los gancheros eran los encargados de transportar por los ríos Tajo, Guadiela y Escabas, los troncos de madera talados en los bosques y pinares de las sierras del Alto Tajo, y conducirlos hasta las zonas manufactureras de Aranjuez, Toledo o Talavera de la Reina. La madera de estas sierras del Sistema Ibérico de Cuenca y Guadalajara fueron siempre muy apreciadas para la construcción, la industria ferroviaria y la naviera. Y en una época en la que los accesos hasta las zonas productoras eran casi intransitables, esta era casi la única manera de transportar los troncos.

De la industria maderera dependió, durante mucho tiempo, el sustento de numerosas familias de las comarcas del Alto Tajo. Había resineros, carboneros, leñadores y, por supuesto, gancheros. Este oficio surgió en la Edad Media como uno más de los trabajos forestales, temporal, penoso y mal pagado. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en un oficio especializado que exigía una gran destreza y unos conocimientos de domino del río que iban pasando de padres a hijos.

El nombre de “ganchero” provenía de la herramienta que utilizaban, el gancho o bichero, un palo de unos dos metros y medios que acababa en una pieza de metal con dos puntas, una recta y otra curva. Con ella dirigían los troncos empujando, o tirando según el caso. Los troncos iban sueltos, no se ataban formando balsas como en otras regiones peninsulares. Esto se debía a la peculiaridad de los ríos de esta zona, menos anchos y caudalosos que los de la cuenca del Ebro y los Pirineos, y con más obstáculos en su curso. Era más económico y sencillo, pero requería de más mano de obra.

Maderadas por el Tajo

“Maderada” era el nombre que se daba a cada uno de estos descensos de troncos por el Tajo y sus afluentes, desde las sierras hasta Aranjuez. Había otra vía, la de levante, por el Júcar y el Cabriel hasta Valencia. Los viajes comenzaban en febrero y marzo, cuando más agua llevaban los ríos, y podían durar hasta cinco o seis meses, dependiendo de los caudales de ese año. Hay que considerar que una maderada podía estar constituida por miles de troncos.

El trabajo comenzaba una vez que los leñadores o hacheros habían limpiado los troncos de ramas y corteza y los habían llevado hasta el río, generalmente arrastrados por bestias. Una vez allí, los dejaban “purgarse” durante un tiempo en la orilla. Debían ser troncos de haya o de pino; la encina y el roble no flotan bien.

Entonces se formaban las cuadrillas de gancheros, dirigidas por un maestro de ganchería, que iba al frente. Cada maderada requería de cien gancheros o más, dependiendo de su tamaño. La maderada se dividía en tres partes: delantera, central y zaga. Cada una de las secciones requería atender tareas distintas, y era gobernada por un mayoral con tres o cuatro cuadrillas de unos diez gancheros a su cargo.

La delantera era sumamente importante, porque los gancheros debían evaluar el estado del río y ver hacia dónde dirigir los troncos. Y, en caso necesario, realizar auténticas obras de ingeniería con ellos como encauzamientos, tabladas y presas, para aumentar el nivel del agua en zonas someras o salvar obstáculos como cascadas, molinos o acequias. Los gancheros de la parte central tenían que cuidar de que no se desviaran o atravesasen los troncos, y la maderada fluyera con rapidez. Conformaba el grueso de la misma. Por último, los de la zaga tenían la tarea de desmontar las obras que habían levantado los de la delantera y volver a incorporar los troncos y de apartar los troncos hundidos. Era un trabajo duro que forjaban el carácter y forma de vida de estas gentes. Queda muy bien reflejado en la novela de José Luis Sampedro El río que nos lleva, un gran homenaje a los gancheros y su mundo.

pastores del bosque flotante, hombres duros de pan y navaja.
José Luis Sampedro: El río que nos lleva

Pervivencia de los gancheros en las fiestas

Como tantos otros oficios, el de ganchero se vio afectado por los avances tecnológicos del siglo XX, y en los años cincuenta prácticamente había desaparecido. Por un lado, la aparición de los camiones y la mejora de los caminos hicieron mucho más rentable el transporte terrestre; por otro, la construcción de embalses comenzó a impedir el paso de los troncos.

Pero el empeño de la Asociación de Municipios Gancheros ha evitado que el oficio cayese en el olvido. Desde hace poco más de veinte años vienen celebrando La Fiesta Ganchera, que fue declarada Fiesta de Interés Turístico Regional en 2008. Se celebra de manera rotativa en Poveda de la Sierra, Peñalén, Taravilla y Peralejos de las Truchas y Zaorejas, donde hay además un Museo de los Gancheros.

Gancheros durante la fiesta. Fotografía de turismocastillalamancha.es

Gancheros durante la fiesta. Fotografía de turismocastillalamancha.es

Durante la fiesta hay degustaciones culinarias, juegos tradicionales, música y una comida popular. Lo más impresionante es, por supuesto, el descenso por el río de una pequeña maderada en la que los herederos de los antiguos gancheros bajan a lomos de los troncos, vestidos a la vieja usanza y mostrando diversos aspectos del oficio. Los gancheros no han desaparecido; forman parte ahora del acervo cultural de estas comarcas serranas.

Además de ayudar a preservar antiguos oficios y costumbres, la Fiesta de los Gancheros también dinamiza el turismo de la zona. La verdad es que la festividad es una buena excusa para acercarse a estos pueblos y disfrutar, al mismo tiempo, de los hermosos parajes del Alto Tajo, ahora protegidos como parque natural.

Fuentes:
Cipriano Valiente Gómez: “Maderadas y gancheros” en Revista Mansiegona nº 10
http://turismocastillalamancha.es
Blog de Toni Magia Serrana

La primera fotografía pertenece a la Guía Larrañaga.

Este artículo también está compartido en Steemit.

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En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
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