La antigua leyenda

Una antigua leyenda toledana cuenta que cuando el Rey Alfonso VI tomó la ciudad y entró en ella por la vieja Puerta de Bisagra, la comitiva triunfal se detuvo de repente porque, al llegar a la altura de la mezquita de Bab al-Mardum, el caballo del rey se arrodilló y se negó a seguir adelante. El hecho se tomó como algún tipo de signo divino y el Rey mandó investigar. Entraron en el edificio y se dieron cuenta de que de uno de los muros salía un gran resplandor que iluminaba el recinto. Al excavar encontraron un crucifijo con una vela encendida. El Cristo era una imagen muy venerada que había sido escondida cuatro siglos antes, cuando los árabes invadieron Toledo ¡y la vela todavía lo seguía iluminando! En vista de este milagro, el rey Alfonso ordenó dar misa allí por primera vez y dejó su escudo con una inscripción conmemorativa. El lugar en el que se arrodilló su montura aparece hoy señalado por una piedra blanca que sobresale de las demás.

 Una historia llena de avatares

Aunque es seguramente uno de los edificios más antiguos de Toledo, Bab al-Mardum, la mezquita del Cristo de la Luz, también sigue siendo una gran desconocida para muchos de los visitantes que llegan a la ciudad del Tajo. En 1999 esta vetusta edificación cumplió 1000 años, como atestigua la inscripción fundacional de caracteres árabes que se conserva en la fachada principal del edificio, y que correspondería con el año 999 de la era cristiana.

Enclavada en el antiguo barrio de San Nicolás y la Magdalena, la mezquita se situaba en una zona residencial de musulmanes acomodados, la Medina, relativamente próxima a la Alcazaba, donde debieron levantarse las mansiones de las personalidades más importantes de la ciudad. Es la única de las diez mezquitas que llegó a haber en Toledo que ha llegado hasta nuestros días. Parece ser que la Mezquita estaba asentada sobre un antiguo templo visigodo, y su nombre original se perdió, por lo que pasó a denominarse por el nombre de una puerta de la muralla que se encontraba muy cerca: la puerta de Bab al-Mardum. En su día fue un pequeño oratorio para uso de los recién llegados a la ciudad, o de aquellos que partían.

Convertida en iglesia tras la conquista de la ciudad, en 1182 el arzobispo Gonzalo Pérez puso la antigua mezquita a disposición de los caballeros Hospitalarios bajo la advocación de la Santa Cruz. Unos pocos años después se adosó un ábside al edificio. Durante muchos años la mezquita permaneció casi oculta por la casa del santero, adosada a su fachada principal, hasta que en 1899 González Simancas descubrió la inscripción cúfica de ladrillo, que pudo ser leída poco después por Amador de los Ríos. A principios del siglo XX fue derruida la citada casa y restaurada la mezquita.

Bella y pequeña mezquita

El edificio, de pequeñas dimensiones, tiene planta cuadrada. El exterior está recubierto de ladrillo y está decorado con arquerías parecidas a las que se pueden ver en la mezquita de Córdoba.

La fachada suroeste o principal consta de tres cuerpos. Al primer cuerpo pertenecen las tres puertas de acceso; en el segundo cuerpo hay una arquería ciega, con arcos de herradura entrecruzados; el tercer cuerpo consta de una celosía calada con ladrillos dispuestos en sardinel. En la parte superior se encuentra la famosa inscripción de la que ya hemos hablado y que data la construcción de la Mezquita. El texto dice así: “En el nombre de Alá, hizo levantar esta mezquita Ahmad ibn Hadidi, de su peculio, solicitando la recompensa ultraterrena de Alá por ella. Y se terminó con el auxilio de Alá, bajo dirección Musa ibn Alí, arquitecto, y se Sa´ada, conluyéndose en Muharram del año trescientos noventa”. Se trata de una inscripción única en el Islam de Occidente, por haber sido elaborada exclusivamente con fragmentos de ladrillos ordinarios.

La fachada noroeste está formada también por tres cuerpos: tres puertas de acceso, arcos de medio punto y remate en arquería ciega. La fachada sureste, que corresponde a la qibla, el muro orientado hacia la Meca, tiene la misma distribución. Por último, en la parte nordeste es donde se levanta el ábside mudéjar, construido en 1187, con su consabida planta semicircular, y decorado con dos órdenes de arcos.

El interior está distribuido por cuatro columnas en tres naves paralelas, cruzadas a la vez por otras tres, creando nueve compartimentos abovedados. El cuadrante central se eleva un poco más que el resto, al estilo bizantino, para dar una sensación centralizada de la planta. El mihrab, el nicho hacia donde había que orar, se encontraría a la derecha de la entrada, en el muro de qibla.

El alzado consta de tres cuerpos, excepto el tramo central que es de cuatro cuerpos. Las columnas enlazan el primer cuerpo con el segundo cuerpo mediante unos capiteles visigóticos reutilizados por los árabes. En el segundo cuerpo nos encontramos una serie de arcos de herradura. Dos cornisas marcan la transición al tercer cuerpo, que lo constituyen las nueve bóvedas de crucería califal.

Vista del interior de la mezquitaLa ampliación del siglo XII consta de un tramo recto cubierto con bóveda rebajada de ladrillo y un tramo absidial que está decorado por pinturas románico-mudéjares del siglo XIII que en la actualidad están bastante deterioradas. Los frescos representan un pantocrátor, santos, tetramorfos y un clérigo con una maza. También hay inscripciones de caracteres cúficos carentes de significado.

En los últimos tiempos, gracias a los trabajos de restauración, se ha encontrado junto a la mezquita los restos de una necrópolis musulmana.

¿Te ha gustado? CompárteloShare on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Share on Tumblr0

2 respuestas a Mezquita del Cristo de la Luz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
Archivo
Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Share on Tumblr0