Moriscos

El hispanista Trevor J. Dadson, catedrático de Estudios Hispánicos de la Universidad de Londres, ha publicado este año la obra Los moriscos de Villarrubia de los Ojos, historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. En ella ha llegado a interesantes conclusiones.
La expulsión de los moriscos, es decir, de la población de origen musulmán que se había convertido al cristianismo, fue una medida impuesta desde lo alto, pero que no era demandada ni fue respaldada en muchas ocasiones por el pueblo. Fue decretada en 1609 por Felipe III y durante varios años unos 300.000 habitantes tuvieron que abandonar los reinos hispánicos. Sin embargo, en bastantes casos, el edicto de expulsión se encontró con fenómenos de resistencia pasiva, como es el que ocurrió en Villarrubia.
Desde la conversión forzosa de 1502, en que todos los musulmanes fueron obligados a bautizarse, los moriscos de la Mancha se habían asimilado paulatinamente al resto de la población hasta el punto de que ya no había diferencia entre unos y otros, salvo su origen remoto. En el caso de Villarrubia está documentado que incluso llegaron a ocupar cargos administrativos o judiciales importantes en la localidad. Había un clima de tolerancia y aceptación plena.
El decreto de expulsión de los moriscos del Campo de Calatrava fue promulgado en 1611 y fue algo totalmente inesperado y, desde luego, indeseado. Nadie esperaba que las medidas de expulsión que habían comenzado unos años antes pudiera repercutir en esta zona, donde los moriscos estaban totalmente integrados. Desde el Conde de Salinas, a cuyo señoría pertenecía Villarrubia, hasta el labrador más pobre, pasando por los propios oficiales, todos creían que la medida no afectaría a sus conciudadanos.
Y se rebelaron. Comenzó una lucha contra los bandos de expulsión, una lucha que dirigía en secreto el propio conde de Salinas. Llegó a haber hasta tres intentos de expulsión, en 1611, 1612 y 1613, ya que cuando las autoridades expulsaban a los moriscos, éstos volvían desde Francia o el norte de África y eran ayudados a su vuelta por los demás vecinos, que a menudo los escondían en sus casas o en la sierra. Fue especialmente destacada la actuación del gobernador Gabriel Zurita, el contador Antonio Laso y el mayordomo Bartolomé de la Vega.
En 1614 las expulsiones habían acabado oficialmente y la mayoría de los moriscos de Villarrubia se encontraban el pueblo. Los que estaban escondidos y expulsados fueron regresando y ocuparon de nuevo sus propiedades y oficios. Incluso llegaron a recuperar sus casas y terrenos confiscados apelando a los tribunales a lo largo de la década siguiente, ya que muchos de ellos eran abogados y licenciados. En todos los juicios que Dadson ha examinado ganaron y recuperaron sus posesiones.
Poco a poco, con el paso del tiempo, volvió la normalidad para los moriscos de Villarrubia, salvo por algún proceso aislado llevado a cabo por la inquisición. A principios del siglo XVIII no había ya distinciones visibles entre las dos poblaciones y todos eran, simplemente, villarrubieros. Habían resistido y vencido a la intolerancia.

En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
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