[…] no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero […]

Es fácil ubicar esta frase en el comienzo de novela más famoso del mundo. Un astillero, como define el diccionario de la RAE, era una percha en la que se ponían las astas, las picas y lanzas. Derivado, seguramente, de «astil» o «astilla», su etimología podría proceder de las palabras latinas hasta o hastile.

astillero con armas colgadas

Astillero, grabado de Ludovico Melzo, Regola militare sopra il governo e servizio particolare della cavalleria, Amberes, 1611

Astillero, para las astas

Cuando menciona el astillero, o la «adarga antigua», justo al inicio del Quijote, Cervantes está reforzando, desde esa primera definición del protagonista, la idea de que Alonso Quijano (Quijada, más bien, en la primera parte), es el típico hidalgo de aldea situado en lo más bajo del escalafón de la jerarquía nobiliaria. Una nobleza venida a menos, muy lejos ya de aquella nobleza guerrera que terminó por desaparecer con la toma de Granada y el fin de la Reconquista. Los grandes nobles se convirtieron en cortesanos y terratenientes, y esta pequeña nobleza se había quedado estancada. Su mayor ambición era conservar su clase y su honra, aunque eso les llevase a una existencia miserable, como le pasa al hidalgo del Lazarillo. Para ellos, la única manera de medrar era pasar a las Indias o enrolarse en ese nuevo ejército que se había ido profesionalizando desde finales del siglo XV.

El hidalgo Quijada subsiste de lo que le da un poco de tierra y unos cuantos animales, sin lujos pero sin pasar tampoco apuros, con el único beneficio, por su linaje, de estar exento de pagar impuestos o de tener que avituallar a las tropas de paso. Mata el tiempo con la caza y la lectura. Y el astillero es reminiscencia de ese pasado guerrero y glorioso de sus tatarabuelos; un pasado casi olvidado, que don Quijote trata de rescatar con su locura.

 

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En este blog traspasamos el ámbito de la Mancha. A finales del XVI y principios del XVII, la tierra de don Quijote era el Reino de Toledo, una parte de la Corona de Castilla, específicamente de Castilla la Nueva. Aunque no tenía dimensión institucional, ni realidad jurídica, el Reino de Toledo aparecía en los mapas y en los títulos de los reyes, y se extendía por lo que hoy son las provincias de Toledo y Ciudad Real, la Mancha albaceteña y conquense y parte de Madrid y Guadalajara. Es por eso por lo que nos vamos a dar la licencia, si es menester, de escribir sobre asuntos que transciendan las fronteras manchegas.
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